En su presentación en la 35ª Fiesta Nacional del Chamamé, el reconocido acordeonista instó a defender al género como una industria viva, a ocupar espacios de prestigio y a expandir sus fronteras artísticas y comerciales.

En el marco de la 35ª Fiesta Nacional del Chamamé, Chango Spasiuk dejó una reflexión profunda y provocadora sobre el presente y el futuro del género. Tras su actuación, el músico sostuvo que el gran desafío actual es proyectar el chamamé hacia “nuevos horizontes artísticos y comerciales”, dejando atrás la resignación y la autoexclusión de espacios clave dentro de la industria musical.
Spasiuk cuestionó con firmeza la histórica percepción del acordeón como un instrumento limitado a ámbitos íntimos o familiares, asociado a una música “de viejos”. Recordó que, en sus inicios en Buenos Aires, tocar el acordeón generaba extrañeza, como si no pudiera dialogar con otros lenguajes musicales. Frente a ello, remarcó su intención de demostrar la enorme versatilidad del instrumento, utilizándolo para cruzar géneros y despertar curiosidad en públicos que aún no conocen la tradición chamamecera.
El músico subrayó que su objetivo no es abandonar el chamamé, sino expandirlo: generar interés, invitar a investigar sus raíces e inspirar a nuevas generaciones a acercarse al acordeón, aun cuando luego exploren otros caminos artísticos. En ese sentido, aclaró que su “centro de gravedad” sigue siendo la música con la que creció, pero entendida desde una perspectiva abierta y contemporánea.
Consultado sobre los debates en torno a la identidad y transformación del género, Spasiuk adoptó una postura pragmática. Señaló que, en un mundo atravesado por profundas contradicciones, prefiere concentrarse en hacer su propio trabajo de la mejor manera posible antes que erigirse como árbitro de lo que está bien o mal dentro del chamamé.
No obstante, fue enfático al plantear discusiones concretas y estratégicas. Cuestionó por qué muchos músicos del género evitan “lugares incómodos” o no buscan nuevos circuitos de difusión, y recordó que pioneros como Barboza o Galarza abrieron puertas que hoy parecen naturales, pero que fueron conquistadas con audacia.
Su crítica más contundente apuntó a la autoexclusión del chamamé de grandes premios de la industria, como los Premios Gardel. Para Spasiuk, los músicos chamameceros son parte esencial del entramado discográfico: generan trabajo, producen discos, pagan estudios y sostienen una actividad cultural real. En ese marco, consideró un error renunciar a escenarios de alta visibilidad y sostuvo que esos espacios deberían ser aprovechados para hablar de los maestros fundacionales y del valor del género.
Con un mensaje claro y sin concesiones, Chango Spasiuk planteó que la verdadera discusión no pasa solo por la identidad cultural del chamamé, sino por su expansión, su presencia valiente en ámbitos no tradicionales y el reconocimiento de su lugar como una industria pequeña, pero vibrante, con proyección nacional e internacional.

