El llamado Último Primer Día (UPD), el ritual con el que estudiantes de último año celebran el inicio de su ciclo final en la secundaria, se consolidó en la agenda de las familias argentinas como un evento de alto impacto emocional y social. Aunque representa un símbolo de cierre de etapa y pertenencia grupal, especialistas alertan que suele estar atravesado por el consumo de alcohol y situaciones de riesgo que requieren la intervención y el acompañamiento de los adultos.
El médico psiquiatra Fabián Triskier, integrante del Departamento Infanto Juvenil de INECO, explicó que este tipo de celebraciones funciona como un ritual de pasaje, pero con una particularidad: a diferencia de otros ritos culturales, en este caso el mundo adulto queda excluido. Según señaló, el consumo de alcohol adquiere un sentido transgresor, asociado a la autonomía adolescente y al fortalecimiento de la pertenencia al grupo de pares, aunque conlleva riesgos importantes para la salud y la seguridad.

En la misma línea, la psicóloga Lorena Ruda sostuvo que el UPD representa un marcador simbólico de crecimiento, despedida e identidad grupal. La pediatra Julieta Nachajon, integrante de la Sociedad Argentina de Pediatría, agregó que el grupo de pares ocupa un rol central en esta etapa y que muchas decisiones vinculadas al consumo se toman para evitar la exclusión social.
Los especialistas coincidieron en que el contexto cultural también influye. En muchas celebraciones sociales el alcohol ocupa un lugar central, lo que refuerza su presencia en este tipo de rituales juveniles. Además, las redes sociales contribuyen a idealizar el “descontrol” como parte esperable del festejo.
Desde el punto de vista médico, el consumo de alcohol en adolescentes presenta riesgos específicos. Según la Organización Panamericana de la Salud, el cerebro adolescente atraviesa una etapa de especial vulnerabilidad biológica. La neuropsicóloga Teresa Torralva explicó que la corteza prefrontal, encargada de regular el juicio y el control de impulsos, aún no está completamente desarrollada, por lo que el alcohol puede afectar funciones clave como la toma de decisiones y la evaluación de riesgos.
Entre las consecuencias más frecuentes se encuentran intoxicación aguda, vómitos, deshidratación, pérdida de conciencia, mayor probabilidad de accidentes y conductas impulsivas, así como un mayor riesgo de desarrollar dependencia y enfermedades crónicas si el consumo comienza a edades tempranas. El consumo episódico excesivo, conocido como “binge drinking”, incrementa además el riesgo de coma etílico y otras complicaciones graves.
Los especialistas también señalaron la importancia de detectar señales de alerta, como cambios bruscos de conducta, deterioro del rendimiento escolar, aislamiento, trastornos del sueño o conductas secretas vinculadas al consumo. La pediatra Ángela Nakab remarcó que la intervención temprana es clave para prevenir consecuencias más graves.
En este contexto, los expertos coincidieron en que el rol adulto debe centrarse en el acompañamiento activo, el diálogo y el establecimiento de límites claros. Recomiendan conversar previamente sobre el significado del festejo y sus riesgos, acordar horarios de regreso, supervisar los encuentros y promover la comunicación abierta sin juicio.
También destacaron la importancia de predicar con el ejemplo, establecer normas familiares claras y garantizar medidas básicas de cuidado, como la hidratación, la alimentación y la supervisión responsable. Según los especialistas, la presencia adulta no busca impedir la celebración, sino garantizar que se desarrolle en condiciones seguras.
“El objetivo no es controlar cada movimiento, sino fortalecer la capacidad de decidir bien. El UPD puede ser un momento de celebración, pero también una oportunidad para que los adultos transmitan que divertirse y cuidarse no son cosas opuestas”, concluyeron.

