La especialista Teresa Ponce de León destacó que el etiquetado frontal impulsó a las empresas a reformular sus productos, aunque señaló que la falta de campañas informativas genera confusión y “pánico” innecesario en las góndolas.
A varios años de la implementación de la Ley de Promoción de la Alimentación Saludable —conocida popularmente como la Ley de Etiquetado Frontal—, el debate sobre su eficacia real volvió a ponerse bajo la lupa. En esta oportunidad, el análisis llegó desde el plano de la salud y la consulta diaria.
En una entrevista otorgada al programa Estudio 360, la licenciada en Nutrición Teresa Ponce de León analizó el impacto de los octógonos negros en los hábitos de compra de los correntinos, marcó las asignaturas pendientes del Estado en materia de concientización y dio claves para aprender a leer las etiquetas sin caer en alarmismos.
El gran logro: la reformulación de la industria
Para Ponce de León, el principal balance positivo de la ley con el “diario del lunes” no se dio tanto en el comportamiento del comprador, sino en las plantas de producción. “El mayor logro fue desde la parte de la producción. Las empresas se pusieron las pilas al ver su frente empañado por estos octógonos negros que son súper impactantes en la góndola, y empezaron a reducir nutrientes críticos para hacer sus productos más saludables” , enfatizó la profesional.
Sin embargo, la nutricionista confesó que inicialmente miró con recelo la aplicación de la norma debido a una falla de origen: la falta de campañas publicitarias educativas previas. Según su mirada, el Estado debió lanzar spots cortos que enseñaran a cada ciudadano qué sello le compete según su condición de salud.
“Si soy una persona hipotensa y sin antecedentes de riesgo, el sello de ‘exceso en sodio’ en un snack ocasional de fin de semana no me complica la vida. Pero si tengo riesgo de diabetes, el de ‘exceso en azúcares’ sí me compete directamente. Falta educación para saber cuál sello nos cabe a cada uno y evitar el pánico generalizado”, explicó.
El “microclima” del consultorio: del horror al discernimiento
La especialista reveló que es sumamente frecuente recibir mensajes de pacientes horrorizados desde el supermercado o en la misma consulta al descubrir que productos recomendados en sus planes alimentarios llevan sellos negros. Para graficarlo, expuso en pantalla una comparación técnica entre un yogur natural y una gaseosa común, ambos portadores del sello “Exceso en Azúcares”:
- El Yogur Natural: De sus 12 gramos de azúcares totales, la gran mayoría corresponde a la lactosa (azúcar natural de la leche) y solo 2 gramos son añadidos (como miel o saborizantes). Aporta además proteínas, calcio y nutrientes esenciales.
- La Gaseosa: De sus 22 gramos de azúcares totales, los 22 gramos son añadidos, careciendo por completo de cualquier otro aporte nutricional.
En ese sentido, Ponce de León respaldó la postura de revisar ciertos aspectos técnicos de la normativa para poder discriminar cuándo un componente es propio de la naturaleza del alimento y cuándo es un agregado químico. El mismo ejemplo trasladó a los quesos duros (como el reggianito o parmesano), los cuales necesitan estructuralmente de la sal para su proceso de deshidratación y maduración: “Si la empresa le saca el sodio para quitar el logo, deja de ser queso” , sentenció.
El mito de los productos “verdes” y el retorno a lo natural
La nutricionista también alertó sobre las trampas del marketing en alimentos etiquetados como “integrales”, “dietéticos” o “hiperproteicos”. Mencionó el caso de las famosas barritas de cereal o galletitas de avena y frutos secos que, si bien contienen ingredientes saludables de forma aislada, al unificarse se convierten en una “bomba calórica” que justifica el sello de “Exceso en Calorías”. A esto se suma el problema de las porciones reales: “Nadie come una galletita y media o media barrita proteica mientras toma mates” , ejemplificó.
Finalmente, Ponce de León recomendó, en la medida en que el presupuesto y el tiempo familiar lo permitan, regresar a hábitos de elaboración casera: desde producir yogur en el hogar hasta picar la carne para armar hamburguesas o congelar caldos de verdura naturales para suplantar los cubos comerciales ultraprocesados, ricos en sodio y conservantes. “Siempre que volvamos a lo natural, nos estaremos ahorrando los aditivos que le agregan para que el producto dure meses en la góndola” , concluyó.

