Las escuchas telefónicas complican al exdirector de la cárcel de mujeres.

Se trata de Victorio Bernardo Aguirre, quien está sospechado de colaborar con una organización narcocriminal que operaba en distintos barrios de Paraná. Estuvo detenido, fue juzgado y absuelto, pero ahora volverán a juzgarlo, ya que las grabaciones revelan que guardaba droga en su casa porque se presumía como un lugar seguro.

Nicolás Ramiro Castrogiovanni, alias Gordo Nico, era un emergente del narcotráfico cuando fue detenido, el 18 de diciembre de 2015. Es hijo de un sargento retirado de la Policía de Entre Ríos y contaba en sus filas a un policía provincial –por lo menos–, dos agentes penitenciarios ¿y el jefe de la cárcel de mujeres? Los primeros fueron condenados.

Aguirre, entonces director de la unidad penal femenina, resultó absuelto. El tribunal de juicio sostuvo que “no hay ninguna otra circunstancia que lo vincule con la organización”. Pero el fiscal general José Ignacio Candioti apeló esa resolución y la Cámara Federal de Casación Penal revocó la absolución por considerar que se hizo “un análisis parcializado de la prueba”, que había elementos contundentes que permiten inferir que Aguirre colaboraba con la banda narco y ordenó realizar un nuevo juicio –con otro tribunal– que posiblemente se desarrolle durante 2019.

Una voz en el teléfono

A partir del 9 de diciembre, unos días antes del procedimiento que desarticuló la banda, se produjo una secuencia de comunicaciones telefónicas que expone de manera reveladora cómo funcionaba el mecanismo de distribución de los estupefacientes, a pesar de que los integrantes intentaban encriptar esos diálogos.

–Ey, ¿qué pasó? –lo saluda Castrogiovanni.
–¿Qué hago, lo dejo ahí o lo llevo a tu casa? –le pregunta Guillermo Aguirre sobre un remanente de la droga recientemente adquirida.
–¿Tu viejo dónde está? –se interesa Castrogiovanni.
–Noo, él ya guardó; guardó en una pieza al fondo… lo guardé en la pieza del fondo de mi papá… Ni sabe él porque yo tengo la llave –le responde Aguirre.
–Bueno, vamos a aguantarlo que y ya vamos a ver si lo ubicamos a eso, pero tengo que dejarlo en un lugar más seguro, loco, porque ese es mucha plata, boludo.

–Lo podemos dejar con el Pochi, pero hay que esperar a que venga el Pochi, de la una y media –le sugiere Aguirre.
–Y bueno… bueno, pero dos nomás –acepta Castrogiovanni.
Unas horas más tarde vuelven a comunicarse Castrogiovanni y Aguirre:
–Gordo… –lo saluda Aguirre.
–Sí…
–El Pochi, viste… va a guardar… porque lo guardó en el tubo…
–Aja…
–Pero no le entraba, así como entero… –lo previene Aguirre.
–Aja… ¿cuál? –se preocupa Castrogiovanni.
–Los dos…
–Uno tengo que mandarlo entero –le advierte el jefe.
–Bueno, no importa porque lo unimos nosotros ¿eh? –lo tranquiliza.
–Aja, lo unimos –se convence el jefe.

Enseguida Aguirre lo tranquiliza con un mensaje de texto a Castrogiovanni:

–Amigo, mi hermano lo partió, así que lo guardaba bien. Dice que lo dejó prolijo, igual que lo pese. Vos quedate tranquilo.

Al día siguiente, el 10 de diciembre, los hermanos Aguirre conversaron acerca de “eso” que Victorio, Pochi, guardaba en su casa y que debía entregar:

–Hasta ahora no ha llamado éste, no ha venido –le advirtió el jefe penitenciario.
–Bueno, escuchá, va a ir, tiene que ir hoy. ¿Vos tenés en el auto eso? –le pregunta su hermano.
–No, lo tengo en casa.
–Ah, bueno, entonces avísame después, para la tarde –se despiden.

Es claro entonces que cuando Castrogiovanni debía guardar “algo de valor”, el depositario era Victorio Bernardo Aguirre, el director de la cárcel de mujeres, que tenía en su casa un tubo de GNC donde se sospecha que ocultaba las piedras –la cocaína en una sustancia sólida, cristalina, en su forma de base– y los elementos de corte y estiramiento.

Trece personas fueron detenidas el 18 de diciembre en allanamientos simultáneos. Guillermo Aguirre fue de los últimos en caer, pero antes de ser apresado seguía las circunstancias de los operativos por teléfono con su esposa, Priscila Evangelina Álvarez, agente penitenciaria e integrante de la organización también:

–¿Dónde estás vos? –lo inquiere Álvarez.
–Acá en el barrio ando, ¿está ahí el Pochi? –quería saber Aguirre.

–Vos estás libre y el Pochi está preso, pelotudo de mierda y la puta madre que te recontra parió –le responde su esposa, ofuscada por la situación.
–Ah, ¿lo llevaron a él, y qué tenía él? –intenta minimizarlo Aguirre.
–Los vienen siguiendo desde hace mil años a ustedes, pelotudos de mierda, culpa tuya –le insiste Álvarez.

Victorio Aguirre asegura que “no lo conocía” a Castrogiovanni y que su hermano le había pasado el contacto para que le hiciera un favor: “Me dijo que el gordo estaba en la política y que me iba a conseguir un camión de tierra, que era lo que yo necesitaba…”, le dijo al juez. Las escuchas telefónicas echan por tierra esa versión y, en cambio, exponen que el narcotráfico busca mayores niveles de protección a medida que crece el negocio y expande su territorialidad.