Hace un año la vida de la familia Cattáneo cambió para siempre. Y esa transfor­mación no fue para bien, de hecho ocurrió todo lo con­trario, se les acabó la segu­ridad que tenían en su casa. Fue cuando cinco balcones de la obra en construcción que se realizaba al lado de su vivienda en Lagraña 255, se desplomaron.

 

 

El derrumbe ocurrió el 21 de noviembre y dañó a las vi­viendas lindantes, pero tam­bién dañó la tranquilidad de las familias.

 

Aun cuando la obra fue paralizada en noviembre pasado, las familias linderas viven con miedo de que se produzcan nuevos despren­dimientos y reclaman avan­ces judiciales en la materia.

 

El 21 de noviembre del año pasado, la estructura del edi­ficio en construcción situada en el barrio Aldana comenzó a ceder y provocó el desmo­ronamiento de cinco balco­nes que cayeron al vacío.

 

Si bien no hubo que la­mentar víctimas, el derrum­be afectó a los habitantes de las casas linderas que desde hace un año recorren las ofi­cias municpales y judiciales solicitando información so­bre el avance de las investi­gaciones, ya que se tramita una causa penal contra los empresarios de la obra.

 

Días después del despren­dimiento de los balcones, agentes de la Justicia reali­zaron peritajes en el lugar para descartar la posibilidad de que se produjeran nuevos desprendimientos en la es­tructura del edificio.

 

Sin embargo aquel de­rrumbe no fue el único que tuvieron que sobrellevar las familias vecinas de la obra de la calle Lagraña ya que en septiembre de este año se vino abajo una escalera de hormigón del 5º piso de la edificación. Al igual que en noviembre de 2013, los es­combros cayeron sobre una pensión para estudiantes y sobre los techos de la familia Cattáneo, que vive al lado.

 

Tras los dos derrumbes, los vecinos apuntaron contra el Municipio por la falta de controles en obras particu­lares y se reunieron con edi­les del Concejo Deliberante para encontrar una solución al problema, pero no hubo mayores avances en este sen­tido,

 

A un año de los hechos, Armando Cattáneo, vecino de la obra, señaló: “Se pue­den seguir haciendo edifi­cios pero siempre respetan­do los derechos y la vida de los linderos y en este caso no lo han hecho. Para los em­presarios siempre está pri­mero el negocio”.

 

Por su parte, la esposa de Armando, Berta, comentó: “No es vida lo que llevamos, cada vez que llueve o hay tor­menta o viento, nos tenemos que turnar para controlar la seguridad de la casa y al me­nor ruido salir corriendo”.

 

“Alguien se tiene que hacer cargo de estas cuestiones, nadie nos ayuda y nos da mucha furia e impotencia, hay varias familias que la­mentan la muerte de sus hi­jos en el caso del edificio de la calle San Martín. Si bien nosotros no sufrimos algo así, estamos todo el tiempo con miedo y nuestra vida cambió desde aquel momen­to”, agregó.